Durante la preparación de la primera parte de Garabandal, me encontré, con cierto asombro, ante una verdad irrefutable: numerosos testimonios, portadores de una riqueza inestimable, quedaron fuera de la obra. Fue en este hallazgo donde nació el impulso, casi inevitable, de regresar al bendito pueblo cántabro, en busca de esas voces que, por algún capricho del destino, aún no habían sido escuchadas en su justa medida. Así, en esta segunda entrega, vuelvo a recorrer las empedradas calles del puebluco, rescatando, con mayor precisión, los testimonios de aquellos testigos oculares que presenciaron los hechos extraordinarios que marcaron la historia de este rincón escondido en las faldas de Peña Sagra. Los ecos de sus mensajes, ahora recuperados, resuenan con renovada fuerza, transportando al lector a los lejanos años sesenta, cuando Garabandal se convertía en un faro de misterio y fe. Comienzo este nuevo relato con Pepe, el alcalde pedáneo de aquellos tiempos. Hombre de una curiosidad insaciable y poseedor de una memoria que parece desafiar al tiempo. Pepe se erige como el primer eslabón en esta cadena de recuerdos rescatados. Pero no es el único: sacerdotes, médicos y otros protagonistas del momento emergen de las sombras del olvido, retratados a través de sus propias voces, a veces difíciles de entender, cargadas del inconfundible acento y el lenguaje peculiar de los lugareños. Esta obra es, en esencia, un pequeño homenaje a todas aquellas personas que, de manera humilde y desinteresada, dejaron una huella indeleble en mi espíritu. Considero un acto de justicia el recuperar sus historias, preservarlas y compartirlas, para que su legado perdure y continúe inspirando a futuras generaciones.
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